'Ni supervisores, ni patrones': trabajadores agrícolas que transforman la industria

Dos trabajadores agrícolas de Bellingham, hartos de los malos tratos y de no tener suficiente para comprar los mismos alimentos que cultivaban, dejaron la agricultura corporativa para fundar su propia cooperativa de frutos rojos.

Modesto Hernández (izq.) y Ramón Torres sacan las malas hierbas de entre los arbustos de mora azul en su rancho Cooperativa Tierra y Libertad el 24 de enero de 2020. Son codueños del rancho de Bellingham que manejan ellos mismos. Los dos trabajaron para las grandes empresas agrícolas en el pasado, viviendo muchas experiencias negativas, incluyendo malos tratos y la imposibilidad de comprar los mismos alimentos que cultivaban. Su meta es contar con varios productores que vivan en la propiedad y trabajen en el rancho.

En pleno invierno, en la obscuridad de la madrugada, Modesto Hernández y Ramón Torres manejan hacia sus campos de frambuesa y mora azul en Bellingham para una inspección matutina.

Los arbustos son esqueléticos y sombríos, cubiertos de una tenue capa de nieve polvorosa. Los hombres permanecen en el coche, oteando los campos y planificando. Típicamente, caminan por cada fila de arbustos, buscando cualquier daño en las plantas. Deben sacar las malas hierbas y retirar las partes muertas de los arbustos antes de finales de febrero para asegurar que las plantas sobrevivan a las semanas más frías del año en Bellingham. Esta parcela de 65 acres, de que son codueños, es relativamente pequeña para un rancho de frambuesa y mora azul, y no se pueden permitir el lujo de perder plantas.

“Si tienes el dinero, haces el trabajo en diciembre y enero”, explica Torres. “Es lo más común y lo más recomendable, por la nieve y demás”. Este año, no contaban con el dinero necesario para contratar gente que les ayudara hasta febrero. Aun así, Torres y Hernández deben sacar buena parte de las malas hierbas ellos mismos.

Torres tiene algunos mandados que hacer, y Hernández pregunta si deberían esperar a que salga el sol y derrita la nieve. Deciden regresar más tarde.

La espera vale la pena. A las 11 de la mañana, casi toda la nieve se ha derretido y, acompañados de un asistente, los dos hombres terminan una fila completa en aproximadamente una hora. Trabajan rápidamente y en silencio, y el único sonido es el suave zumbido de las hoces mientras cortan las hierbas. Lola, la perrita pitbull de Torres, corre de una fila a otra y se sienta en las piernas de su dueño de vez en cuando para descansar.

En cualquiera de los ranchos en que han trabajado antes, la mañana hubiera tenido otro aspecto. Habrían comenzado a trabajar a la misma hora todos los días, probablemente a las seis o siete de la mañana. No se permitiría hacer mandados o llevar un perro al trabajo.

Hernández trabajó por contrato en un rancho corporativo por la última vez en 2008. Ese año, le ordenaron trabajar en los campos nevados en pleno invierno. Sufrió congelación de los pies luego de podar plantas durante horas, y terminó pasando siete meses en el hospital. Al final, le operaron y le quitaron partes de los dos pies. Hoy en día, usa prótesis y se sirve de un bastón para caminar.

“Si me hubieran escuchado en el primer lugar, eso no habría pasado”, dice Hernández. “Así pasa [en los ranchos corporativos]”.

Cuando piensa ahora en la congelación que sufrió, Hernández se da cuenta de que podría haber demandado a su empleador.

“No comprendía mis derechos como los comprendo ahora”, explica. “No comprendía la ciudad...por eso no sabía dónde ir”.

Ramón Torres poda los arbustos de mora azul en el rancho Cooperativa Tierra y Libertad, de que él y Modesto Hernández son codueños, el 24 de enero de 2020. Los dos hombres hacen la mayor parte del trabajo en su rancho de mora azul y frambuesa ellos mismos, incluyendo sacar las malas hierbas y cosechar los frutos.

Ramón Torres poda los arbustos de mora azul en el rancho Cooperativa Tierra y Libertad, de que él y Modesto Hernández son codueños, el 24 de enero de 2020. Los dos hombres hacen la mayor parte del trabajo en su rancho de mora azul y frambuesa ellos mismos, incluyendo sacar las malas hierbas y cosechar los frutos.

Pero hoy en día, es codueño de las tierras que cultiva: 65 acres en total, aunque solo usan 30 por el momento. Torres, de 35 años, y Hernández, de 43, se unieron para fundar un rancho orgánico, denominado Cooperativa Tierra y Libertad, luego de dejar sus trabajos en ranchos corporativos. Ambos habían dedicado años al trabajo agrícola para las grandes compañías y, al final, se sintieron defraudados por los descansos no pagados, un sueldo irregular (frecuentemente pagado por libra en vez de por hora) y una falta de flexibilidad que hacía difícil atender otros asuntos importantes fuera del trabajo.

Investigaron distintos ranchos alrededor de Washington, y resultó difícil encontrar una operación orgánica que ofreciera las condiciones que deseaban. Decidieron que convertirse en dueños de su propia parcela era la única forma de conseguir una mejor vida, y que una cooperativa de trabajadores era la mejor manera de hacer de esta idea una realidad. El modelo de una cooperativa les permite, y un día permitirá a otros productores, poseer y trabajar las tierras ellos mismos.

Existen muchas cooperativas agrícolas en el país. Según el National Council of Farmer Cooperatives, cuentan casi 3,000 hoy en día. En muchos casos, son grupos de ranchos que colaboran en un solo aspecto de la producción, tal como las cooperativas de abastecimiento que trabajan en conjunto para vender sus productos. Pero cooperativas que son propiedad de los trabajadores y que colaboran en todos los elementos de la producción, de principio a fin, y que priorizan los derechos laborales, siguen siendo poco comunes.

“No hay supervisores, ni patrones ni rancheros”, aclara Torres. “Esto nos permitirá un día ser nuestros propios jefes y tener casa, algo muy diferente a todo lo que es el capitalismo. Compartimos nuestras ganancias como colectiva”.

Aun así, la visión todavía no se ha llegado a realizar totalmente: el rancho todavía no es económicamente autosuficiente, manteniéndose a flote a base de subvenciones, donaciones de la comunidad y la venta a través de eventos en que el público recoge su propia fruta. Su esperanza es estar preparados dentro de algunos años para que otros productores se unan a la cooperativa y compartan las ganancias. Podría ser un buen lugar para trabajadores agrícolas que busquen la autonomía que Torres y Hernández han sabido conseguir.


 

Las ricas tierras arables del Condado de Skagit son la principal zona productora de frambuesa en el país, con una larga historia de agricultura y de activismo laboral. Rosalinda Guillén, directora ejecutiva de la organización de defensa de derechos laborales Community to Community, dice que los trabajadores agrícolas son “la fuerza laboral de primera línea” en el sistema alimentario norteamericano. Considera que cualquier cambio global en la forma en que los americanos obtienen sus alimentos debería comenzar con los trabajadores.

“De verdad creo que la forma de crear un mejor sistema alimentario es abordar los temas laborales”, dice.

Un Modesto Hernández sonriente prepara carne asada y tortillas para sus compañeros de trabajo en el rancho el 15 de febrero de 2020.

Un Modesto Hernández sonriente prepara carne asada y tortillas para sus compañeros de trabajo en el rancho el 15 de febrero de 2020.

Guillén explica que los trabajadores han luchado por mejoras en el trabajo desde que el movimiento laboral estalló en los años 50. Ella misma creció en un rancho del Condado de Skagit y se convirtió en organizadora hace más de 30 años.

“Existe una idea profundamente arraigada de que la producción de alimentos se debe hacer de la manera más barata posible”, explica Guillén. “Ese ha sido el mayor obstáculo para los trabajadores agrícolas desde que César Chávez comenzó su trabajo de organización”.

En el pasado, los trabajadores solían combatir las malas condiciones de trabajo sindicalizándose. Torres se unió al sindicato Familias Unidas por la Justicia (FUJ) cuando se hartó de los malos tratos que sufrió cuando trabajaba para un rancho de Sakuma Brothers en Bellingham. Dice que le sobraban razones: sueldo bajo, descansos no pagados, constante exposición a los pesticidas. Torres y Hernández han visto también a ancianos y niños que trabajaban en los campos.

“Conozco a un señor que va para los 80 años. Debe trabajar, y sus hijos también”, dice Hernández. “Yo no permitiría que mi padre trabajara así”.

Luego de unirse a FUJ, Torres y otros trabajadores lograron negociar un contrato que les garantizaba a los trabajadores de Sakuma Brothers Farms un sueldo promedio de $15 por hora en 2016. Hoy en día, Torres es presidente del sindicato. Y conoció a Hernández a través de Community to Community cuando este recurrió a la organización luego de sufrir la congelación.

Sin embargo, según Guillén, los sindicatos no siempre son la respuesta. Los sindicatos son una forma de luchar contra un sistema agrícola que no se ocupa de los intereses de los trabajadores, pero una cooperativa propiedad de los trabajadores les permite controlar el negocio directamente.

“Las cooperativas son una alternativa—casi una transición a otro tipo de sostenibilidad dentro del sistema capitalista en que vivimos”, dice Guillén.

Los trabajadores agrícolas típicamente constituyen “una fuerza laboral sin tierras”, explica.

“La mayoría de nosotros no tenemos propiedad, ni siquiera casa propia”, continúa Guillén. Las cooperativas permiten “organizarse de manera que sabes que no vas a explotar la tierra, a ti mismo o a otros trabajadores, para comenzar a cambiar la economía local”.

No existe una fórmula mágica para crear una cooperativa agrícola. Guillén dice que las distintas cooperativas del país se adaptan a las necesidades de las comunidades en las que existen. Por ejemplo, la Federation of Southern Cooperatives trabaja para apoyar a los productores negros en las zonas agrarias en declive de los estados del sur.

Hernández ya no podía trabajar en los mismos ranchos luego de sufrir la congelación. Pero la cooperativa le ha brindado otra oportunidad de trabajar y ganarse la vida en lo que conoce, y ahora en un lugar que se adapta a sus necesidades. Torres dice que Hernández ya no está obligado a cumplir cuotas agresivas. “Puede hacer el trabajo del que es capaz”.


 

Ramón Torres toma una pausa con su perrita Lola mientras saca las malas hierbas de entre los arbustos de mora azul en el rancho Cooperativa Tierra y Libertad, de que él y Modesto Hernández son codueños, el 3 de febrero de 2020. Aunque el rancho depende de subvenciones y donaciones para funcionar, su meta es llegar a ser económicamente autosuficiente y permitir a otros trabajadores agrícolas también poseer y trabajar la tierra.

Ramón Torres toma una pausa con su perrita Lola mientras saca las malas hierbas de entre los arbustos de mora azul en el rancho Cooperativa Tierra y Libertad, de que él y Modesto Hernández son codueños, el 3 de febrero de 2020. Aunque el rancho depende de subvenciones y donaciones para funcionar, su meta es llegar a ser económicamente autosuficiente y permitir a otros trabajadores agrícolas también poseer y trabajar la tierra.

A Torres se le ilumina la cara cuando habla de su visión para la cooperativa. Adquirir los terrenos y comenzar a cultivarlos es solo el comienzo.

Con la financiación adecuada, los dos hombres reclutarán a otros trabajadores para su cooperativa. Los entrenarán y les darán la oportunidad de ir subiendo peldaños. A la larga, quisieran que hasta cinco productores y sus familias vivieran en el rancho y se convirtieran en codueños, viviendo del producto de la tierra. Luego de eso, esperan comenzar a crear nuevas cooperativas alrededor de la región. Torres dice que la visión es radical, pero que tiene fe en ella.

“Estamos sacrificando mucho para que esto llegue a ocurrir”, reconoce Torres. “No todas las familias pueden hacer eso. Todo lo que tenemos es nuestra fe y el deseo de hacerlo”.

Hace apenas siete años, Torres, a sus 35 años, trabajaba en el rancho de Sakuma Brothers. Llegó a los Estados Unidos a la edad de 18 y comenzó a trabajar en los campos al principio porque era sencillamente el único trabajo que lo aceptaba. Dice que muchos trabajadores como él aceptan lo que se les ofrece, y simplemente normalizan o aguantan los malos tratos que viven.

Durante mucho tiempo, no fue capaz de ver más allá de las jornadas de ocho horas para imaginar la cooperativa que está creando ahora. Aceptaba que los ranchos eran así. Hoy en día, cuando se pone a reflexionar en aquellos días, se indigna de pensar en el sueldo y el trato que soportó. “Durante años, me pareció normal, hasta que llegué aquí”.

“¿Cómo es posible que me pase el día recogiendo sandía, y cuando llego a mi casa, no tenga para comprar un poco de sandía para mí? No es justo. ¿Qué broma es esa?” dice Torres. “¿Qué lógica tiene que tenga que trabajar, pero que no pueda pagar la renta, no pueda pagar por lo que más importa?”

Esa mañana en febrero, Hernández y Torres pasaron una hora sacando malas hierbas antes de marcharse temprano de su rancho para ayudar a otro trabajador que conocen cuya casa se inundó luego de las lluvias torrenciales de principios de la semana. Ellos son los únicos dos trabajadores de tiempo completo en la cooperativa, pero esperan que eso cambie pronto. Esperan un día tener una cooperativa con muchas tierras y muchos trabajadores que vivan allí, a la manera de la Federation of Southern Cooperatives, que tiene miembros en distintos estados del sur, luego de establecer una primera cooperativa en Jacksonville, Mississippi. Otras cooperativas más pequeñas, tales como New Roots en Maine, subrayan el significado cultural de la agricultura. Pero cooperativas a gran escala siguen siendo poco comunes, y muy pocas se enfocan en los productores migrantes latinoamericanos, tal como lo hace Cooperativa Tierra y Libertad.

Los dos hombres se quitan sus overoles de trabajo en el diminuto edificio junto a la entrada de la cooperativa. En la mesa hay una cubeta que usaron para servir carne asada en una parrillada el día anterior. Torres dice que algunos trabajadores pusieron música y se relajaron en compañía en el rancho luego de una jornada de trabajo. Para él, el trabajo debería ser así: un lugar que les permita a los trabajadores vivir como seres humanos.

“Yo prefiero trabajar 10 horas aquí que pasar una sola hora en Sakuma”, dice Torres. “Aquí trabajo porque quiero”.

Traducido por Kenneth Barger

Modesto Hernández (der.) y Ramón Torres sacan las malas hierbas de entre los arbustos de mora azul en su rancho Cooperativa Tierra y Libertad el 3 de febrero de 2020.

Modesto Hernández (der.) y Ramón Torres sacan las malas hierbas de entre los arbustos de mora azul en su rancho Cooperativa Tierra y Libertad el 3 de febrero de 2020.

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